Hoy, una vez más, me «cogió» desprevenido el prodigioso hecho de respirar, y asombrado como un niño comprobé que cuando el imperecedero vaivén del respirar es percibido con la calma de quien no busca provecho ni pone voluntad en lograr ninguna suerte de meta u objetivo, y la atención se centra en el prodigioso sube y baja de la expiración-inspiración, nos hallamos en el umbral de la experiencia del Gran Silencio. Acogedor abrazo del Misterio que culmina con una gran certeza: Alguien me respira. Es radicalmente importante atender a ese portentoso reclamo que en cada instante nos es dado; pero,…
Fruto de una conversación con Julia H. Reyna a raíz de un escrito suyo que comparto: En estos días en los que se nos repite una y otra vez «respira, suelta y vuelve a respirar hasta aburrirte» es cuando algo se nos va despertando. Sin darnos cuenta nos instalamos en esa «hondonada» a la que nos lleva la respiración y desde la cual percibes olores, sonidos, crujir de hierba seca, de piedritas que rechinan a cada paso consciente y ahí te vas dando cuenta de que
La atención plena parte del presupuesto de mantener constantemente la observación y la exploración, así como no perderse en los pensamientos y sentimientos que constantemente pasan por nuestra cabeza. Pero la “Atención plena” es una forma de terapia que, presentada como novedad, sus raíces, sin embargo, se remontan a la noche de los tiempos. La verdadera meditación, la que cura y acaricia, en sus diversas escuelas y formas, implica atención, vigilancia plena. Presencia. Profundidad espiritual. Amor y compasión. Atención sin esfuerzo carente de la más mínima búsqueda de provecho alguno, es decir, la vigilancia sin más, la atención desnuda, la contemplación sin objeto, la mirada sin propósito…