Rafael Redondo Barba (Bilbao 1941-Santurzi 2025)
Memoria y Presencia
Se nos fue un día de esta primavera un tanto invernal, al caer de la tarde del pasado 10 de abril. Se despidió arropado por la presencia amorosa de los suyos en una habitación con vistas a la desembocadura del Nervión en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital de San Juan de Dios, en Santurzi, Bizkaia. Genio y figura, casi hasta el final siguió preguntando por todo y por todos y haciendo gala de su proverbial buen humor. Pronto haría cuatro años desde que le había sido diagnosticada la Esclerosis Lateral Amiotrófica, coincidiendo con las fechas de las Bodas de Oro con su entrañable Mariángeles, esposa y amiga del alma. Tanto él como toda su familia afrontaron la terrible dolencia con lucidez y paciencia, lo que no les ahorró sinsabores, dolorosas vicisitudes y noches oscuras. Solo la generosidad y el amor mutuo de todos los miembros de tan unida tribu les permitió ir sobrellevando aquel largo calvario. Además de esa familiar atmósfera protectora, Rafael contaba con el sustento de una rica vida interior largamente cultivada, y con el acompañamiento fraternal de sus compañeras y compañeros de la Shanga Ipar Haizea que, como a niña de sus ojos, él animaba y cuidaba desde hacía años. Fue la suya una vida venturosamente llena y él se empeñó en mantenerla plenamente viva hasta la muerte.
La actividad de Rafael se desarrolló de modo preferente en el País Vasco, particularmente en el Bilbao en el que siempre residió –su entrañable botxo– donde era persona de referencia bien conocida y muy querida. Con todo, hizo algunas incursiones en otros territorios de la península, entre ellos en nuestra Galicia. Así, en la primavera del 2008 animó, al alimón con su esposa, un inolvidable retiro zen en el Monasterio de Oseira. Años después participó con un precioso artículo, “Zen, desde el corazón contemplativo”, en el número que nuestra revista dedicó a las nuevas formas de espiritualidad (Encrucillada, nº 218, maio-xuño 2018, pp. 60-72). Allí incluía un “Itinerario”, en que el autor –pese a sus reservas frente a todo lo autobiográfico– accedía a describir las sucesivas estaciones de su trayectoria: unas sustanciosas y esclarecedoras páginas que hoy cobran un especial interés y que invito a leer o releer. Y no acaban ahí sus contactos con esta tierra: sutil, pero significativa, ha sido su relación con el Monasterio de Armenteira, a través de la hermana Paula, y con el de Sobrado mediante el padre Carlos Maria Antunes. Ambos lo confortaron en los últimos tiempos: ella con su palabra viva, él con ¡Oh noche, que guiaste!, su último libro. En fin, la impresión que le produjo un maravilloso paraje del Ourense profundo ha dejado su huella en “Junto al río Ambía”, una de las entradas de El esplendor de la nada.
Pero, ¿quién es y qué hizo Rafael Redondo? Daré unas pinceladas de urgencia, en atención a quienes no tuvisteis la dicha de conocerle en persona, aun a sabiendas de que todo intento de comprimir en unas páginas la gracia de una vida entera está destinado a un relativo fracaso.
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Era un hombre de corazón compasivo y hospitalario, esencialmente comunicativo y solitario, amante de la libertad y de la justicia. Con la fortaleza de quienes conocen bien su fragilidad, se había empleado a fondo en la difusión del camino zen y en el acompañamiento de quienes querían adentrarse por esa vía. Tras una práctica meditativa de siete años, en el 2004 había sido reconocido como maestro zen asistente por el benedictino Willigis Jäger, a cuyo lado permanecería ocho años. Al retirarse ya nonagenario este maestro tan decisivo en su vida, la deriva organizativa, pragmática y economicista de su legado espiritual emprendida por sus sucesores –así la vio él–, le empujó a abandonar esa línea en la que con tanta intensidad y entusiasmo había trabajado. En 2012 David Brasier, a la vista de la experiencia de Rafael y de la afinidad natural que parecía tener con la corriente que aquel representaba –más dúctil y flexible–, pese a las resistencias de nuestro hombre lo reconoció como Maestro del Dharma de la Tierra Pura. En los últimos años, libre de toda organización y jerarquía, de linajes y escuelas y –hasta de la etiqueta zen– ha seguido ahondando en su camino y acompañando a otros en esa senda. Ya enfermo, seguía atendiendo en la medida de sus fuerzas a su floreciente shanga, intentando transmitir confianza, esperanza y alegría de vivir. Además de mediante el contacto personal, a lo largo de estas dos décadas ha compartido su experiencia y su sabiduría en un buen puñado de libros a través de los cuales es posible seguir las sucesivas modulaciones de la fidelidad creadora a su vocación. Libros de una hechura muy personal, llenos de vida y de lecturas bien digeridas; textos en los que aflora el amante de la poesía que Rafa siempre fue y el poeta que se nos reveló en su madurez, aun cuando escribía en prosa.
Una depresión le había llevado a reorientar su vida y a comprometerla en la vía de la meditación sedente y silenciosa en la tradición zen, de la mano del maestro antes citado. Atrás fueron quedando largos años de laboriosa formación universitaria -licenciatura en psicología clínica, doctorado en psicología social- y de ejercicio profesional como jefe de formación del BBVA primero, y como profesor de las Universidades de Deusto y del País Vasco, después. Actividad académica en la que sobresalen sus estudios e investigaciones sobre el psicodiagnóstico de Rorschach, complementada con regulares colaboraciones en la prensa y sus intervenciones como conferenciante. Todo ello, al tiempo que se hacía cargo de sus responsabilidades familiares -casado y padre de una hija y dos hijos- coincidiendo durante largo tiempo con las tensiones de la transición política y de los años de plomo que asolaron aquel país. Una trayectoria que revela la tenacidad de quien se fue abriendo camino a partir de unos orígenes modestos. Hijo de emigrantes, había abandonado pronto los estudios y comenzado a trabajar tempranamente como auxiliar administrativo y recadista en la Alhóndiga de Bilbao.
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En la conmovedora despedida que tuvo lugar en la iglesia de los padres jesuitas, el teólogo Javier Vitoria –compañero de pupitre en la infancia y después colega suyo en el seminario- trazó un fino perfil del amigo fallecido. Lo describió como alguien siempre atraído por la trascendencia: “El Viento de la Cumbre y el Silencio del Abismo han configurado su identidad humana, mientras en su búsqueda interminable recorría siempre nuevos parajes sin pisar” –dijo. Echando mano de la fórmula de Karl Rahner lo calificó como “místico de la vida cotidiana” y recordó, citando palabras de Rafael, la insistencia de este en que la experiencia del Ser no es privilegio exclusivo de una minoría “de personas religiosas o de maestros de iluminadas maestrías, sino un derecho de nacimiento y patrimonio de toda la humanidad”. Explicó después cómo, para articular su experiencia del Misterio, Rafael se había servido de dos tradiciones: la cristiana (o mejor, la jesuánica), que le había acompañado desde su infancia; y la budista Zen incorporada en su vida adulta. Si la tradición budista le había permitido hablar de Dios con nombres ajenos a la tradición cristiana (Único, Vacío, Ser, ESO, Todo, etc.), “no había olvidado el nombre que Jesús dio a Dios, «Abba»”, señalando que en los últimos tiempos la expresión había adquirido un protagonismo singular. Y concluía: “Ambas tradiciones han convivido en su corazón sin conflicto, enriqueciendo su experiencia de Dios, pues el misterio de Dios es siempre mayor que cualquier tradición religiosa, incluida la cristiana”.
Añadiré un pequeño matiz a este sensible y perceptivo retrato. Según nos deja ver la producción escrita de Rafael, esa pacífica convivencia de ambas tradiciones es más bien el resultado final de un largo proceso, en el que se pueden percibir acentos diversos y hasta ocasionales tensiones. La radicalidad de novicio con la que Rafa se zambulló en el zen le llevó durante un tiempo a enfatizar una nueva percepción y a distanciarse de otro lenguaje que comenzaba a resultarle difícil de asumir. En cambio, en su última etapa pudo llegar a una suerte de integración final de todo lo vivido. Así, leyó con mucha atención Sin Buda no podría ser cristiano, el libro de Paul F. Knitler, pero no necesitó asumir tan provocadora fórmula. Más bien diría él que su acercamiento al budismo le había permitido redescubrir a una nueva luz sus raíces cristianas.
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Hay un hilo conductor que subyace a toda la trayectoria vital de Rafael: la fascinación por la figura de Jesús. Desde la lectura nocturna de una vida del Galileo siendo adolescente, su vida entera ha sido una pertinaz pesquisa del verdadero rostro de Jesús. Suyas parecerían estas palabras de un poema de Borges: “El rostro no es el de las láminas. /…/ No lo veo / y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra” (“Cristo en la cruz”, en Los conjurados). Esta fascinación lo llevó en su primera juventud al seminario de Bilbao, donde permanecería tres años. Aquella experiencia resultó frustrante para él: allí no encontró al Jesús que buscaba, sino un complejo de obligaciones, reglamentos y razones eclesiales muy ajenas a su sensibilidad. Su talante comunicativo y amistoso le permitió una aparentemente integración satisfactoria en aquella comunidad: por donde pasaba iba dejando un rastro de alegría, pero se sentía profundamente solo. Había un desfase insalvable entre sus expectativas espirituales y aquel medio en que primaba un bienintencionado ordenancismo que a él le resultaba opresivo.
Después, a lo largo de los años y en las más variadas situaciones he podido seguir esa incesante pesquisa, que se alimentaba de conversaciones amistosas, de preguntas a cuantos, bien documentados, pudieran darle noticias fidedignas de Jesús, y de innumerables lecturas. “Pasados más de cincuenta años –escribió a sus setenta y seis–, la impactante experiencia de Jesús de Nazaret permanece en mi alma ilesa, inédita, agradecida al Dios que alegró mi juventud y que hoy alienta el otoño de mi vida. Una honda y prolongada experiencia que brotó espontánea y se instaló en mí para siempre”. Y, en su último libro: “El corazón de tus oyentes, Jesús, se ponía a latir, a vibrar cuando hablabas de tu Padre. […] Me imagino que te estoy escuchando y que al escucharte sintiera en mi corazón que me acompañabas atravesando miríadas de ternura. Tal era y sigue siendo el impacto de tu presencia en mi interior, Jesús de Nazaret” (La presencia del Jesús interior).
Al releer hoy estas palabras me han venido a la memoria otras, pronunciadas de viva voz hace más de medio siglo y que muestran esta continuidad nunca rota. A lo que recuerdo, por aquel entonces Rafael no solo se sentía muy distante de la Iglesia oficial, sino que hasta desconfiaba de algunos bienintencionados testimonios de fe, cuya rotundidad le parecía poco fiable. Pero, tras expresar estas reticencias y casi a renglón seguido, me confesaba la impresión de misteriosa serenidad que le producían las palabras de Jesús cuando por la noche leía el evangelio antes de dormir.
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Querido Rafael, qué cuesta arriba se me ha hecho escribir en tercera persona y en pasado sobre ti. Tu presencia –aun en esta nueva forma de la ausencia– ¡sigue tan viva! Y cuántos cabos hemos ido dejando sueltos en nuestras sabrosas charlas, viejo amigo. Me consuelo acogiéndome a lo que, como bien sabes, Ernesto Cardenal le decía a Merton, su maestro y amigo fallecido: “Tan fácil hablar con vos como con Dios / (o tan difícil)”. Continuemos, pues, esta interminable y nueva conversación, “que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”…
Para conocer mejor a Rafael Redondo
A los conmovedores textos leídos por sus compañeras de shanga en la misa funeraria, así como a la homilía de Javier Vitoria se puede acceder en la página web del zendo Ipar Haizea (https://www.iparhaizea.es). Allí también se pueden ver otros muchos textos de él y sobre él. En la producción universitaria del profesor Redondo destacan Introducción al Psicodiagnóstico de Hermann Rorschach (Mensajero, Bilbao, 1980) y El Rorschach y los vascos (Universidad del País Vasco, Donostia, 1983). Una obra de transición entre esta dedicación científica y sus obras posteriores lo constituyen Más allá del individualismo (Desclée de Brouwer, Bilbao, 2003) y Regresión o trascendencia. Esquizofrenia o espiritualidad: una aproximación (La Liebre de Marzo, Barcelona, 2006). Buena muestra de su actividad como articulista y columnista en la prensa escrita –y de su sensibilidad social y educativa– es la recogida en Callejón con salida. Perspectivas de nuestra juventud (Desclée de Brouwer, Bilbao, 1995). En la senda del zen se inscriben decididamente, entre otras, las siguientes obras: La radicalidad del zen (2005), Aromas del zen (2007), Zen, la experiencia del ser (2008), El esplendor de la nada (2010), El brotar del asombro: intuiciones, fulgores, pensamientos (2012), Magnificat (El gallo de oro, Bilbao, 2013, Ser la propia luz. Más allá de linajes y maestros, de escuelas y creencias (2015), El milagro de vivir despierto: Ser nadie cumbre de la madurez (2019). Una última inflexión de su sensibilidad contemplativa –más explícitamente jesuánica– es la que se advierte en Gratitud (2022), En tus manos encomiendo mi espíritu: tu cayado me acompaña (2023), Abbá (El gallo de oro, Bilbao, 2023), La presencia del Jesús interior (2024), y –en colaboración con Paloma San Román– Orar con el cuerpo: cuando el cuerpo se hace oración (2024). Su obra poética –muy presente en los libros antes citados– arranca con los poemas de Margen marginada, recogidos en Imáginate Euskadi (Banco Central Hispano, 1997) y continúa con El sonido del silencio (Villarcayo, Burgos, 2001), Ver (Karima, Sevilla, 2016) y Silencioso decir (Amazon, 2017).



