HOMENAJE A RAFAEL REDONDO: SER MAESTRO A REGAÑADIENTES
Por Vicente Gallego
Siempre abierto de par en par a las diez direcciones del universo -como diría un maestro zen-, así era Rafael Redondo, una ventana sin marco, una puerta sin quicio, un mar sin orillas, una alta ola de amor levantándose sin objeto.
Poseedor de un rostro de nobleza vasca y semítica a la vez -que ya hubiera querido para sí el mismísimo Abraham-, volcado sobre esos grandes ojos azules siempre a punto de derramar una lágrima de gratitud, lo típico de Rafa era llegar y rendir en un segundo corazones y voluntades. Su chispeante buen humor, su ánimo a prueba de bombardeos, su delicadeza en el trato, su inteligencia afilada como un bisturí, su humildad… estar con él se convertía en una fiesta del espíritu. Lo suyo era la celebración continua de la vida, de esta vida que, para aquel que encuentra ojos y oídos, no tiene principio ni fin, puesto que es vida abundante en Cristo, en la conciencia universal, según enseñó Jesús, maestro tan íntimo y tan querido para él.
Lo recuerdo por primera vez en aquellas estupendas jornadas que organizó su buen amigo Javier García de Andoin en Bérriz -donde nos hospedaban y atendían las monjas más adorables que he conocido-, lo recuerdo de buena mañana a cielo abierto, saludando al sol, entregado a su personalísima ceremonia de los gestos. Y abríamos los brazos, y el pecho, y el alma, y el corazón entero al amparo del monte Amboto, envueltos en ese traje de fragancias que nos cortaba la brisa de las primeras horas. Después nos tumbábamos en el césped boca abajo, y los hijos del cielo se llenaban los pulmones de ese hálito vivísimo de la hierba. Estando con Rafa, nunca era cuestión de creer o no creer, sino de abrirse por entero y empaparse de Eso que nos desborda y nos acoge en su seno instante tras instante, y que en él trasparecía como puro contagio de lo vivo.
Muy temprano sintió Rafael la llamada de lo genuino, y se abrieron paso en él las preguntas esenciales ante el Misterio, pero su senda no fue la del que inquiere, no buscaba conocimiento, su senda fue más bien la del amante, la de aquel que se entrega desde el principio y ya no tiene nada que buscar o conocer, pues se halla rebosante de amor hasta la médula. ¿No es ese amor incandescente, ese que quema cuanto en nosotros no es amor, no es ya la prueba de su objeto, no está ya contenido lo amado en ese acto puro de amarlo sobre todas las cosas? Quién puede desear ya nada más cuando su corazón está henchido de esa devoción, cuando la devoción misma es el pago verdadero. El Hijo y el Padre, el amante y lo amado, el amor y su objeto, el que anuncia la verdad y la verdad misma no son dos, y su unión se cumple en el corazón de aquel que es llamado a levantar testimonio de unidad. Esa fue la razón de cada palabra, cada gesto, cada línea y cada verso de Rafael. Sus libros de enseñanza son una celebración constante de lo omnipresente, y rezuman esa pasión con que siempre vivió la cercanía con lo numinoso, al igual que sus poemas. Él no escribió nunca haciendo bandera del arte por el arte, sino que usó del arte para referirse a eso a lo que sólo de manera metafórica podemos aproximarnos.
Un día le pregunté a Rafa: < ¿Y cómo es que se te ocurrió entrar en el seminario?>, a lo que él me respondió sin pensárselo dos veces: <¡Por amor del Evangelio!>. Entonces quise yo saber por qué se quitó de seminarista, y él volvió a responderme sin titubeos: <¡Por amor del Evangelio!>. Podría parecer un chiste, pero en esa respuesta -tan tajante como bienhumorada- se ve muy claramente su verdadera filiación espiritual: el amor por encima de toda doctrina o religión, el amor como punto de partida, como móvil y meta de la aventura humana.
No he conocido a nadie menos dogmático que él: cuando ejercía de maestro zen y se sentaba a meditar con sus amigos de la Shanga Iparhaizea, les hablaba de Jesús. Y cuando estaba con cristianos procuraba sentarlos a meditar, de modo que la experiencia directa se abriera paso en ellos y pudieran sentir aquello de Pablo de Tarso: “No soy yo, es Cristo quien vive en mí>. Frente a ese aspecto un tanto marcial del zen, que a veces parece cifrarlo todo en la perfección de la postura del meditador, Rafa disculpaba siempre al que se veía en dificultades para mantenerla, pues lo importante para él no era tanto la conquista de la postura correcta, sino la renuncia a toda impostura existencial. Sus teishôs -sus charlas zen previas a las sentadas- quedaban siempre mucho más cerca del Sermón de la Montaña que de la sequedad con que a menudo se pronuncian los maestros de esa tradición. Y dado su marcado carácter amoroso, sin más buscarlo, sino llevado a allí por los oficios de su destino, se sintió mucho más cómodo como representante de la Escuela de la Tierra Pura. Pero para él todos los títulos eran poco más que papel mojado, él hablaba desde la desnudez de la experiencia directa, desde la vecindad más estrecha con el instante presente.
Gran especialista en el test de Rorscharch, y próximo al espectro de la psicología transpersonal muy temprano, fue un raro entre los psicólogos de su tiempo, un heterodoxo entre los cristianos y los budistas. Dicen que cada maestrillo tiene su librillo, pero Rafa no se pretendía maestro ni podía verse encorsetado en los límites de lo libresco, él era uno más entre todos, uno que no era nadie y que era todos a la vez, que no pretendía enseñar, pero que no podía evitarlo, pues todo el que se le acercaba terminaba pronto por acercarse a lo más auténtico de sí mismo. Bien podríamos decir que fue maestro a regañadientes. Sus libros, siendo todos tan necesarios y honestos, no son capaces de encerrar la vitalidad que derrochaba su persona. Lo veo con Marí Ángeles, con esa mujer maravillosa con la que compartió su vida, los dos paseando bajo el cielo azul de un Bilbao casi ya primaveral. Y yo a su lado, los tres seguros de no ir a parte alguna, porque a cada paso se nos hundían los pies en la gran evidencia. ¿Y de dónde nos viene y nos toma esa alegría que no obedece a causas ni favores? Rafa la regalaba a puñados allá por donde iba.
Él siempre supo que el amor tiene dos hermanos gemelos: el humor y el dolor, así que, cuando llegó la hora de apurar su cáliz, el humor, su capacidad infinita de no darse ninguna importancia, lo ayudó a trasfigurar los quebrantos en cosa menuda, cosa por la que han pasado todos los que en este mundo han sido, nuestros padres, nuestros abuelos, los abuelos de nuestros abuelos, porque una sola conciencia alumbra en todos, y un solo cuerpo hay bajo el cielo, relamiéndose en sus gozos, coronado de espinas. Le preguntaron a un maestro zen japonés que estaba muy enfermo: <¿Cómo se encuentra usted hoy?>, y él respondió: <¡Buda cara de sol, Buda cara de luna!>. Ningún placer o dolencia llega a entrar en contacto jamás con nuestra verdadera naturaleza, que permanece idéntica a sí misma en las penas y alegrías. Es Cristo quien suda sangre en el Huerto de los Olivos, no el Padre, que prevalece siempre inafectado en mitad de la manifestación universal.
Sus últimos años, aquejado de ELA, fueron más que duros para él y para toda su familia, que lo arropó hasta su último aliento. Hablábamos por teléfono muy a menudo, y su voz continuó llegándome clara, firme y lúcida como siempre, hasta muy poco antes de su despedida. Se reía de sí mismo y de sus crecientes limitaciones. <Estoy muy bien acompañado, vivo en la presencia del silencio -me decía como el que habla de su padre-, el silencio me acoge en su abrazo sanador, y desde ahí repito ¡Abba!, y siento que todo se ha cumplido>.
Sí, queridísimo Rafa, todo se ha cumplido hoy mismo para todos, no importa si se ve o parece no verse, porque no es la compresión lo que nos salva, sino que es el ser tal y como somos desde antes del nacimiento. Es nuestro rostro original antes de que nuestros padres nos concibieran el que nos garantiza que todo aparente viaje es un viaje del amor al amor, de la paz a la paz entre la paz. Nunca nadie ha salido de sí mismo, de su verdadero ser, si no es inmerso en el sueño proceloso de su vigila, en el aparente destierro de creerse un segundo, un alguien fabulado y contrapuesto a la unidad de todas las cosas. <¡Eso no tiene nombre, a nadie le pertenece -me decías conteniendo las lágrimas-, eso que se vive en nosotros con largueza, que sopla donde quiere y como quiere!>.
Y en qué consiste el verdadero amor, sino en rendirse, en rendirse por completo en toda circunstancia, no importa siquiera a qué verdad, pues su rendición incondicional lo hace verdadero. No existe otra victoria inapelable, sino esa victoria sin batalla a la que, sin embargo, también el amor renunciaría si pudiera, si no fuese porque su naturaleza es esa rendición que lo convierte en invencible. Ya se dijo: <El que quiera ganar su vida la perderá>, y Rafa no consintió nunca en jugar a ganarse la suya particular, sino que la entregó en espíritu y verdad a esa Vida única que hoy sigue siendo una en todos nosotros, por eso no murió ni morirá jamás. Él sabía muy bien en brazos de quién entregaba su espíritu. Que su paz y su amor nos inunden e iluminen.



