LECTURAS Y HOMILÍA DE JAVIER VITORIA 

Compartimos las Lecturas que nos acompañaron en la bonita celebración del pasado lunes.

LECTURAS Y HOMILÍA DE JAVIER VITORIA 

Hch 17,22-28

Mt 6,7-13

Estamos convocados por el fallecimiento de Rafa Redondo, un formidable ser humano, cuya muerte nos hiere el alma y su memoria nos conforta el ánimo por todo lo que nos entregó para vivir mientras estuvo entre nosotros.

Su muerte deja un vacío que nadie es capaz de colmarlo, ni siquiera Dios porque su ausencia paradójicamente es su nueva forma de hacerse presente.

Entre él y yo todo empezó con un encuentro hace 70 años sentados juntos en el pupitre del aula de estudio en los escolapios. Quince años más tarde nos volvimos a encontrar un treinta de septiembre en el seminario de Bilbao. Allí habíamos llegado por caminos diferentes. Después de un tiempo y una crisis compartida, él desistió del intento y yo continué.

Entonces Rafa ya me pareció un ahuciador, es decir un ser humano capaz de generar esperanza y confianza a su alrededor, de abrir espacios a la vida y producir calor de hogar a quienes convivíamos con él. Así quiso serlo hasta el final, cuando estaba desahuciado.

Daré un salto en el calendario. Durante mucho tiempo, casi todas las mañanas, muchos de nosotros hemos recibido la visita de Rafael Redondo. Vía Facebook. Siempre llegaba con noticias de la presencia saludable de Dios en su vida cotidiana, convertida en «zarza ardiente» que reclamaba acercarse descalzo para contemplarla como terreno sagrado. Nos daba cuenta de esa Presencia con un hablar balbuciente, polifónico y cromático. Era un ligero susurro que unas veces venía cargado de silencios de la Sima del Misterio de la Vida; y otras, de aires de su Cima. 

En cada encuentro reconocía al amigo y compañero de camino durante setenta años: era él mismo, aunque no sea el mismo. Siempre sintió una atracción irresistible por transcender hasta la Cima y por ahondarse en la Sima. El Viento de la Cumbre y el Silencio del Abismo han configurado su identidad humana, mientras en su búsqueda interminable recorría siempre nuevos parajes sin pisar.

Cada encuentro con él me evoca la «mística de la cotidianeidad», propuesta por Karl Rahner. Seguramente sin pretenderlo, el colorido y sonido de las palabras de Rafa acreditaban diariamente la veracidad de la fórmula del teólogo alemán. La experiencia mística no es exclusiva de una minoría de sujetos agraciados con grados de especial o extraordinaria intensidad en su experiencia espiritual. Toneladas de veces lo ha dicho Rafa a su manera: «la experiencia del Ser no es un privilegio de personas religiosas o de maestros de iluminadas maestrías, sino un derecho de nacimiento y patrimonio de toda la humanidad». 

En cada encuentro Rafa hablaba de algo real: todo ser humano está habitado en su corazón por un Misterio mayor que él mismo. Lo hacía con narraciones de su encuentro a tientas con el Dios que está cerca de nosotros. «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (cf., Hch 17, 28) buenos y malos, paganos y cristianos, personas religiosas o no religiosas. Dios está en nosotros y nosotros en Él, anteriormente a todos nuestros actos y desde el mismo momento en que existimos. 

Todos los seres humanos, según nos recuerda Rafa, somos místicos en potencia o estamos llamados a serlo. Nos convertimos en tales desde el momento en que de alguna manera tomamos conciencia de Dios en nosotros y experimentamos su presencia. Acontece desde el mismo momento en que ese contacto primordial, permanente y necesario entre Él y nosotros se nos hace sensible y adquiere el carácter de encuentro seductor, de abrazo constituyente, de toma de posesión liberadora. 

Los místicos de la cotidianidad no son ni superhombres, ni supermujeres. La mayoría de ellos ni sufren éxtasis, ni tienen visiones. Son hombres y mujeres capaces de escuchar ecos, casi imperceptibles y evanescentes, «de un no sé qué que quedan balbuciendo» y que denotan y hacen referencia a Dios, aunque «no sepan decirme lo que quiero» (S. Juan de la Cruz). Una y otra vez Rafa nos ha querido persuadir, con el testimonio de su experiencia, que «experimentar algo» del Misterio de la Vida es una posibilidad agraciante al alcance de cualquier hombre o mujer. La boca de Rafa hablaba de lo que rebosaba su corazón (cf., Mt 12,34)

A lo largo de su vida Rafael se ha servido de dos tradiciones para articular su experiencia del Misterio: la cristiana (o, quizás sería mejor decir, la jesuánica), que le ha acompañado desde su infancia; y ya en la edad adulta incorporó la tradición budista Zen a su vida, de cuyo camino ha sido reconocido Maestro. Ambas tradiciones han convivido en su corazón sin conflicto, enriqueciendo su experiencia de Dios, pues el misterio de Dios es siempre mayor que cualquier tradición religiosa, incluida la cristiana. 

La tradición budista le ha permitido hablar de Dios con nombres ajenos a la tradición cristiana: Único, Vacío, Ser, ESO, Todo, etc. Pero no había olvidado el nombre que Jesús dio a Dios, ««Abba», y en los últimos tiempos la expresión ha adquirido un protagonismo singular. Así lo afirmaba en una de sus encuentros: «Somos el lugar donde el Todo puede ser hallado, los propios nervios de la Luz, su propia sombra por ella herida. El tú de mi más profundo yo. Tú, mi más profunda y propia nervadura. El Todo que todo lo contiene y que el Maestro de Nazaret decidió llamarle Padre. Nunca hallé un amor más grande, ni más cercano; nunca hallé un motivo más grande para amar rabiosamente a mis semejantes».

Si hoy tuviera que calificar a Rafael me inclinaría por decir que ha sido un místico en la vida cotidiana, según la tradición de Jesús de Nazaret, el Maestro ajeno al Vaticano, cuyo Espíritu le ha enseñado a vivir no mediatizado por rituales y lenguajes que le han resultado cada vez más ajenos, y le ha impulsado y guiado a seguir buscando libremente la Cima o la Sima del Misterio de la Vida.

Vamos a dar gracias por su vida y orar con Rafa para esperar, con temor y temblor, que su muerte no sea el final de un camino lleno de encuentros con Rafa. Según la tradición cristiana, gracias a Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, la realidad principal de la resurrección de los muertos no es la inmortalidad sino el reencuentro con Dios y con nuestros seres queridos. Esta vez y para siempre con las tres heridas iniciales curadas: la del amor, la de la vida y la de la muerte.

 

Música:  Bill Douglas – Deep Peace

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