ZA ZEN – Meditación sentados

La meditación Zen se inicia y finaliza con gassho (el gesto de alzar las manos, juntándolas e inclinándome, en señal de reverencia, unidad y gratitud.

La meditación Zen se inicia y finaliza con gassho (el gesto de alzar las manos, juntándolas e inclinándome, en señal de reverencia, unidad y gratitud. Me inclino ya desposeído y libre de mi ego. De este modo me dejo llenar por Dios, siento que me habita y me inclino desde lo profundo de mi Ser. Con las manos juntas nos ofrecemos a Dios rendidos a su voluntad, que no es otra más que yo sea feliz, encuentre sentido a mi vida y me pueda realizar plenamente. La voluntad de Dios es como la de aquel sembrador que cuida sus tierras para que las semillas den fruto en abundancia. Unir las manos e inclinarse es señal de respeto y gratitud. Simboliza también reconocimiento a toda la creación, sedienta de infinito).

Za-Zen, del espíritu al cuerpo

Extraído del libro Ser la propia luz, Rafael Redondo

El cuerpo. Temblor que permanece tras toda impermanencia, fuera de diques y puntos cardinales.

Escucha el estampido de la Vida en tus tejidos, en tu aliento. Tú, manifestación de lo invisible, receptáculo que late en tu latido.

Eres más que tu cuerpo: eres flujo de vida que te empuja hacia su manifestación. Contempla la espiración en la que te diluyes, una y otra vez; una y otra vez… asombro de tu niño interior. Y tras él, indemne y fresca, la inspiración, como secreta dádiva que emerge en la forma de tu forma.

Tu cuerpo traspirado y trascendido como un cuenco transparente a lo inasible. Se trata de ver el propio espejo en las células vacías que reflejan la Vida que alienta el corazón de la Materia.

Los sentidos sienten y saben atravesar el umbral sombrío que accede a la luz original que nos habita.

Antaño las divinidades vivían en las grutas, más tarde invadieron los bellos espacios de las catedrales. Hoy, el ser humano ha tomado en serio que el habitáculo de lo divino comienza a ser él mismo; una morada donde el ser y el estar se unifican, donde «los seres se hacen estares», como tan bellamente lo expresó Machado.

Nuestro cuerpo, receptáculo más íntimo, donde vibra la sensación de ser, haciéndolo más íntimo aún que la propia intimidad.

La práctica del Za-Zen exige la atención centrada en el Hara, esa postura justa que parte del centro vital también llamado tandem, centro que con tanto ahínco y acierto el maestro Dürckheim ha incorporado en el zen occidental, y que, personalmente, asumo como parte esencial tanto de mi enseñanza como de mi práctica meditativa. El Hara procura una mayor receptividad a la trasparencia del Ser en nuestro cuerpo. El practicante debe «aprender a sentir» manteniendo afinado aquel como si de un fino violín se tratara. Sentir la trascendencia aquí y ahora en los tejidos de nuestro cuerpo; una forma de conciencia que hace carne y célula y entraña la admonición de Nisargadatta: Sea devoto de lo real, de lo infinito, del eterno corazón del Ser. Lo real infinito sentido como soplo, aliento y latido en todo el vibrar del cuerpo que constantemente se adapta y adecúa a una forma acorde con la trasparencia al Ser Esencial, la parte divina de nuestro yo.

Esa práctica, devenida así en «za-zen occidental», o «sentarse en silencio», allana el ejercicio de la «actitud justa» que exige eliminar tanto la crispación del yo en la parte superior del cuerpo, como la disolución del mismo yo en tanto que relajación en la parte inferior. La conciencia del Hara elimina todo aquello que obstaculiza el paso a la sensación de Ser, y deja llegar todo —Todo— lo que sea conforme con él y con él se con-forme, lo Otro de mí que me habita y me trasciende.

En la misma medida en que a través del ejercicio de «sentarse en silencio» vamos tomando conciencia de las posturas inadecuadas con la transparencia al Ser, estaremos en mejores condiciones para percibir los desafortunados efectos de una mala actitud corporal, que bloquea nuestra estabilidad física, la necesaria afirmación de uno mismo en la existencia y la permeabilidad del cuerpo a su realidad sagrada.

La postura correcta

En las diversas tradiciones se da una capital importancia al hecho de sentarse en una forma prescrita. Es importante saber que la postura indicada para la “sentada” posee una raigambre milenaria, siendo por tanto un uso cuya saludable repercusión física, mental y espiritual ha sido sobradamente contrastada a lo largo de los siglos, teniendo sus raíces en las enseñanzas transmitidas a lo largo de muchas generaciones. Esta observación, sin embargo, no es determinante para que, de modo mimético, debamos seguir esas prescripciones sin previamente afirmar lo que sigue: el viento del Ser sopla donde quiere, es “salvaje”; el Ser Esencial, se expresa libremente en cada persona, sin verse por tanto obligado a manifestarse siguiendo pautas, rituales o posturas determinadas, por muy legítimas que ellas sean. Así, lo que queremos decir es que las prescripciones posturales que a continuación siguen, quieren ser solamente lo que son: una pauta, que cada persona, dentro de su libertad, juzgará como lo que es: una sabia referencia que en virtud de las características personales, se tendrá que adaptar a cada caso.

La postura Física

Comenzaremos diciendo que es fundamental que la columna vertebral permanezca erguida y alineada en su propia verticalidad. La cabeza deberá recogerse hacia atrás, como quien repliega la barbilla, igual que si un hilo tirara desde la nuca hacia arriba, haciéndolo de tal forma que la punta de la nariz y el ombligo formen una línea perpendicular, mientras las orejas se sitúan en línea también perpendicular con respecto a los hombros.

Al sentarse, será importante que los glúteos se sitúen en la mitad delantera del cojín, cuyo efecto es el del adelantamiento de la pelvis, para que de ese modo el Hara quede liberado y las piernas, inclinándose en ángulo obtuso con la columna, faciliten esa liberación.

Adoptada ya la postura correcta, el Hara, centro vital del ser humano, será el punto donde converja el conjunto de las fuerzas corporales, allí a tres o cuatro centímetros bajo el ombligo, en la profundidad del vientre.

La postura de Za-Zen llamada postura loto consiste en cruzar las piernas colocando el pie izquierdo sobre el muslo derecho y el pie derecho sobre el muslo izquierdo. Las rodillas, inclinadas hacia abajo debido al efecto de sentarse sobre el cojín, se apoyarán firmemente sobre el suelo. Nalgas y rodillas configurarán un triángulo de apoyo en el que el centro principal de gravedad donde se asienta todo el cuerpo es el Hara.

En caso de que la postura loto resultara especialmente incómoda, es aconsejable no forzar el cuerpo y adoptar la postura de medio loto, que consiste en que el pie izquierdo repose sobre el muslo derecho, mientras que el pie derecho se coloca bajo el muslo izquierdo. Las dos rodillas tocan la esterilla o zafutón. También se contempla la tercera alternativa, la llamada postura birmana, en la que el pie izquierdo reposa junto a la pierna derecha, pudiéndose también producirse la colocación inversa, es decir: el pie derecho junto a la pierna izquierda. Sogyal Rimpoché, aclara que las piernas cruzadas expresan la unidad de la vida y la muerte, el bien y el mal, la sabiduría y los medios adecuados para alcanzarla, los principios masculino y femenino, el samsara y el nirvana, el talante de la no dualidad.

Finalmente, la postura meditativa incluye otras dos posibilidades más. La utilización del banquito de meditación y la de una silla. En cuanto a la segunda, cabe señalar que es fundamental mantener la espalda recta y alejada del respaldo de tal forma que las piernas, relajadas, se orienten mediante una inclinación hacia abajo, y las nalgas queden más elevadas que las rodillas.

En cuanto a las manos, la mano izquierda se colocará sobre la mano derecha y ambas, de ese modo superpuestas, con las palmas hacia arriba se posicionarán junto al vientre. Las puntas de los dedos pulgares, uno frente a otro deberán tocarse de tal modo que ambos formen una articulación horizontal, es decir, configurarán una posición que ni forme un valle (hacia abajo), ni una montaña (hacia lo alto). Un indicador de los extremos de tensión o laxitud corporal y anímica en que se halla el meditante es de qué manera, si apretados o laxos, se halla precisamente la posición de los pulgares entre sí.

Para que todo ello fluya del modo indicado, la mirada oblicua, con los párpados entreabiertos, se situará fijándola sobre un punto exterior situado al frente, alrededor de 90 centímetros desde las nalgas. Ello evita distracciones y fomenta la concentración, aunque es preciso añadir que la atención surgirá desde la vivencia interior, la sensación de ser.

La postura correcta del cuerpo humano se alcanza insuflando en el abdomen (Hara) la fuerza (genki) de todo el cuerpo, lo que implica el tensar de algún modo los músculos abdominales. Si esta operación se lleva a cabo correctamente, en la profundidad del vientre aparecerá un punto de concentración como núcleo de tensión (kikai tándem). La habilidad de ejercitarse en el Hara liberando todas las fuerzas dispersas a lo largo y a lo ancho del cuerpo, para seguidamente concentrarlas todas en el bajo vientre, es un arte que ha estado y está presente en la inmensa mayoría de las artes orientales. El hecho de que el Hara sea fuente de vigorosa energía, se halla unido a la forma natural de espirar el aire. Cuando aspiramos, surge la fuerza del vientre, manteniendo intacta su postura. Es entonces cuando el aire aspirado penetra sin obstáculos llenando la parte superior del vientre, siendo al final de la respiración cuando el Hara se plenificará espontáneamente de energía para, seguidamente, poder espirar el aire de modo fluido y natural, sin que en momento alguno debamos contener el proceso respiratorio.

El flujo respiratorio

Una vez equilibrado y armonizado el cuerpo en el vaivén del proceso respiratorio, la zona del estómago aparecerá cóncava en el momento de la espiración, mientras que el abdomen, sin forzarlo, sobresaldrá levemente. El abdomen, aparentemente inalterado desde afuera, se percibirá desde adentro como algo endurecido; una sensación que, aunque levemente, subraya el tránsito entre la vacuidad y la plenitud.

En ese proceso de vaivén respiratorio, la aspiración se lleva a cabo en menos tiempo que la espiración, lo que ayuda al progresivo fortalecimiento del Hara. Esa espiración, sin embargo, no supone una economía de aire con respecto a la aspiración, sino que adquiere una solidez más voluminosa en la medida en que se acerca a su final. En este sentido, Sato Tsuji emplea la imagen de la forma de porra, (Dürckheim, más suave, habla de forma de pera) queriendo enfatizar ese final en el que con la barbilla algo sacada, se abre ampliamente la base del Hara (Hara-no-soku) y espira el aire con fuerza y completamente. Esa espiración tiene que ser más gruesa cuanto más se acerque a su final, como si tuviese la forma de una porra. Si no se tiene fuerza en la base del Hara, la espiración será como un leve suspiro, pero si espiramos el aire desde la base del abdomen, lo haremos con fuerza y como un torrente.

La llamada postura correcta es la que permite al cuerpo colocarse en la verticalidad idónea mediante la que se facilita la transparencia del Ser ajena al lastre del ego y sus ilusiones dualistas, que es el causante de que la fuerza se contraiga en diferentes puntos. Es así como puede emerger la vacuidad del yo.

La importancia de los hombros es esencial a la hora de que surja la postura correcta. Dürckheim señala que es preciso soltarse en los hombros para alcanzar esa postura y alcanzar la verdadera forma. Soltarse en los hombros para así apoyarse en el centro vital, transparentando de ese modo el auténtico vacío del cielo (parte superior), y la plenitud de la tierra (parte central inferior).

La verdadera forma es una arte. La forma que se es en el cuerpo que se es. En la meditación, devenimos artistas de la vida. Porque la meditación es un arte. A él me refería yo en un cuarteto:

Quizá el arte consista en la destreza
del que forja su vida en el Vacío
y encara con la Nada el desafío 
de esculpir en el Ser su fortaleza      

HARA

Establecido en el Hara el ser humano, seguro, puede decir que se halla libre del miedo y descubrir en sí mismo las fuerzas de la vida, que allí en el yunque del bajo vientre se trasforman y renuevan.

Una versión personal de Karl Graf Dürckheim

Hara quiere decir “vientre”, pero en un sentido más profundo hace referencia a una actitud humana liberada del pequeño yo, que se halla anclada en la realidad terrestre, asentada en la roca que le permite alzarse hacia otro lugar, hacia lo Otro.

Establecido en el Hara el ser humano, seguro, puede decir que se halla libre del miedo y descubrir en sí mismo las fuerzas de la vida, que allí en el yunque del bajo vientre se trasforman y renuevan.

El ser humano asentado en el Hara vive su cuerpo con la soltura de quien, libremente, se da permiso a sí mismo para abrirse, cerrarse re-encontrarse. El ser humano centrado en el Hara puede permanecer sereno en medio de las más terribles sacudidas, percibiendo en sí mismo la fuente inagotable de energía que continuamente le sostiene y le transforma. Y de ese modo desenganchado de la servidumbre de su ego, mantiene el equilibrio que le es propio a ese centro vital, donde ha echado su ancla.

Estar anclado ahí, en el Hara, no significa sin embargo, haber concluido el camino de transformación, sino sencillamente haberlo cimentado. Y ello porque el verdadero centro del ser humano es más sólido aún que el centro terrestre del bajo vientre, ya que éste tan sólo representa eso, la cimentación firme del roquedal del que emanará otro centro superior, donde se establece el logos de las fuerzas espirituales. Su espacio es el entorno de la cabeza, o más concretamente en esa región que abarca el pecho, el cuello y la cabeza. Es el reino de las categorías de la lógica, de la estética y de los valores morales, vehículos del Ser que a través de ellos puede también manifestarse; pero que asimismo pueden suponer su asfixia cuando se convierten en sistemas conceptualizadores cerrados y llegan a configurar una rígida frontera entre la mente y el Ser sobrenatural que está sobre todo sistema lógico.

El ser humano no es libre para recibir al Ser esencial que le interpela desde dentro si antes no ha sabido reunificar y fundir esos sistemas lógicos en el centro terrestre del Hara. Solamente entonces es cuando podemos decir con certeza que ha emergido el otro centro, ese centro que Dürckheim llama centro celeste, que podríamos llamar SER, VIDA, GRAN CONCIENCIA… En donde el ser humano encuentra su sentido su fuerza y su gran amor.

La persona a la que le ha sido dado el experimentar la VIDA, es arrancada de su espacio temporal, creyendo estar entonces en su verdadero centro. Pero lo cierto es que esa persona, en tanto que persona e hija de la tierra, se halla ligada a un y en un cuerpo, por lo que centrar su cimentación en la base del Ser esencial sería una falsa cimentación, una falsa base, un falso centro.

En un aspecto simbólico, el centro verdadero es el corazón, fusión integradora del cielo y de la tierra. Ahí es donde el ser humano halla el sentido de su doble origen celeste y terrestre. Las fuerzas del centro terrestre, o cósmicas son personales y las del centro celeste, o logos supra-personales. El hombre traspasando su pequeño ego, puede así elevarse como un todo, mas no como un simple eslabón entre cielo y tierra sino como, en palabras de Dürckheim, la unión de uno y otra en una conciencia iluminada. Así que el corazón simboliza al hombre como hijo del cielo (Ser) y de la tierra (vida).

La misión del ser humano en la tierra es convertir esos momentos numinosos en estables, siendo testigo firme de su doble origen. De la tierra como símbolo de vida, y del cielo como símbolo del Ser, y el verdadero centro del ser humano es ese punto crucial (cruce, cruz) entre la horizontal y la vertical, donde hemos creado las condiciones para que germine lo Absoluto.

En la meditación podemos experimentar cómo la conquista de ese punto crucial es fruto de una fidelidad tenaz, un movimiento sin fin donde no a pesar de lo contingente sino que por obra de lo contingente, podemos percibir la impronta del Absoluto en el mundo. En la meditación, podemos vivir la experiencia crucial preámbulo y germen de ese ojo interior que atisba el propio despertar.