Este documento pretende ser una guía que facilite la práctica de la meditación a las personas que se acercan hasta IparHaizea.
Dado que la comprensión de la realidad última hacia la que apunta la meditación no es alcanzable a través del pensamiento racional, sino que debe ser vivida para ser comprendida, esta guía sólo es una orientación que pretende clarificar algunos aspectos de la Práctica, y no tiene valor alguno sin la Práctica en sí.
MEDITAR
Extraído del libro Ser la propia luz, Rafael Redondo
Meditar es desaparecer en el aliento de la Vida, paso a paso; en la quietud eterna del corazón del Ser; latido a latido, respiración a respiración, perdiéndose en lo que ES sin apenas dejar huella. No es un medio, es iluminación, caer en la cuenta; es latir en los propios latidos de esa secreta dádiva que, suave y quedamente, nos envuelve. Zen es dejarse caminar, pastorear, llevar, dejarse conducir haciéndose uno con el paso: paso a paso, paso a paso, paso a paso… hasta desaparecer y hacernos transparentes, sin darnos cuenta.
…Y llega un momento en que des-cubres que tu latido no te pertenece, en que alguien —la Vida— late en ti y por ti. Y, por si fuera poco, sabes bien que no estás loco. Y tanto la ceguera de los velos como la angustia de los des-velos comienzan a caer y remitir, guareciéndote en el abrigo de tu desnudez. Todo eso lo vives como quien experimenta la hermosura de creer en la luz en plena noche, la presencia en la ausencia, el cobijo en la intemperie (pese a mi maltrecha columna), el arraigo en el desarraigo y el asentamiento en las fronteras del aire.
Y entonces —¿qué curioso— comprendes, y disciernes, el por qué «Eso» cuya intencionalidad nos rebasa y rebosa, prepara para el anciano un tiempo sin tiempo y un lugar fuera de lugar, donde el supuesto viejo, des-nudo, (libre de todo nudo) del pasado y las angustias del futuro, se adentra en un presente que es Presencia que le inunda y plenifica. El cuerpo lo delata. Es cuando el llamado abuelo se juega todo a una partida; es cuando el adjetivado viejo puede —de él depende— devenir en sabio, puesto que esa plenitud pertenece a quien ha pastoreado su vida siendo consciente de que la aventura del vivir, si de verdad es aventura, entraña el riesgo de perderse.
Pero hasta el perderse es ocasión de gracia que merece la pena de las penas. Porque es liberador sentir la vida en plena muerte. Y aún más: comprender que ambas son lo mismo. Entonces puede que ocurra que en vez de morir de miedo, muramos de risa, lo que no deja de tener gracia. Todo es gracia.
Nadie emprende este camino salvo el crepúsculo de Otoño.
Matsuo Basho
El ser humano es un recipiente donde busca verterse el infinito, y trasparentar ese infinito es la obra de arte que el mismo ser humano debe culminar a lo largo de su vida en tanto que creador y artista de la vida, como Eduardo Chillida, para quien el cincel de la aurora talla luz en la luz y el alba sopla pétalos de luz, vibra en el vacío… capta la luz quien la ha visto en plena noche oscura. Para captar eso; para regalar eso, vino el ser humano al mundo.
Si no queremos autodestruirnos, no podemos resistirnos al empuje vital del Ser que, en ese afán de epifanía, constantemente sacude nuestras entrañas porfiando por decirse, recordando nuestra misión de crear y re-crear el mundo. Por eso la creatividad nos es inherente, y cumplir en nuestra existencia esa obra de arte, se presenta como una necesidad sin alternativa: la fuerza de ser, su densidad y su plenitud, nos impelen a madurar como personas abocadas hacia la irradiación del Absoluto. A eso —repito— le llamo ser artista de la vida. Y ejercer semejante arte sin distracción es el prodigio —y la exigencia— de la verdadera meditación, más allá de toda clase de escuelas, estirpes, linajes y maestros, con sus niveles, escalones y escalafones.
El budismo, habla del Vacío, como también hablan de despojamiento los místicos cristianos, judíos o sufíes. Y, ya en el mundo del arte, una y otra cosa así expresan Jorge Oteiza y el citado Eduardo Chillida, los universales artistas de mi tierra, Euskal Herria. Todo habla, todos nos hablan, de un arquetipo que interpela al alma humana: el Gran Vacío ilimitado, pozo sin fondo innumerable, capaz de surgir como experiencia vivida en el corazón de la especie: la Experiencia del Ser, más allá de toda creencia, dogma o religión.
Lo comprobé: En el naufragar de nuestra nostalgia, brota el esplendor de una revelación que nos deslumbra. Tras la umbría algo demanda asilo mientras hiere. Algo fulge en la misma guarida de la oquedad herida que ese algo nos produce.
